Despenalización del aborto en caso de violación: déjala decidir

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El aborto nunca ha sido un tema fácil de discutir. No solo por la polémica que genera, sino porque tiene demasiadas aristas que hacen complicado definir una posición.

Yo, por ejemplo, más de una vez me he manifestado en contra. Mis razones no son religiosas. Tienen que ver más con mi idea de libertad. Siempre he defendido los derechos y las libertades iguales para todos. Creo que nadie tiene derecho a decidir sobre la vida de nadie, salvo uno mismo.

Eso se aplica también para los bebés. Ni padre ni madre tendrían, desde esa perspectiva, derecho a decir quién merece nacer y quién no. Las razones por las que, sobre todo, una madre podría decidir no seguir adelante con su embarazo son muchas, y varias de ellas razonables, entendibles y justas. Pero no para el bebé. Su derecho a la vida y su libertad también cuentan y deberían ser respetados.

Sin embargo, también sostengo que uno es (o debería ser) libre de hacer con su cuerpo lo que le plazca. Y ello incluye, por ejemplo, la libertad de hacerse cuantos tatuajes estime conveniente y en el lugar del cuerpo que más le apetezca; o vestirse como le venga en gana, sin ser juzgado o discriminado.

También se aplica en el campo del amor y la sexualidad. Cada individuo es el único responsable de decidir de quién se enamora y con quién tiene sexo, y es una decisión que no le compete a nadie más que a las personas involucradas.

Si cada persona es libre de hacer con su cuerpo lo que le plazca, cada mujer es libre de decidir si quiere o no tener hijos, sean propios, adoptados o de la pareja. Pero, ¿hay alguna relación entre esta decisión y el derecho a abortar? Porque pareciera que el derecho a hacer con su cuerpo lo que le plazca termina cuando empieza el derecho del bebé a la vida.

Sin embargo, algo cambió mi manera de pensar: hace un tiempo me sumé a una campaña -junto a muchas mujeres y cada vez más congéneres- en busca de un derecho fundamental de la mujer que ha sido dejado de lado, históricamente: su derecho a ser respetada.

Me refiero a la campaña contra el acoso sexual callejero. Esta campaña me motivó a leer muchos artículos, columnas y comentarios al respecto, y, como suele pasar en Internet, más de una vez me llevó a otras páginas sobre derechos de la mujer que no necesariamente tenían que ver con ese tema específico. Muchos tenían que ver con violencia doméstica contra la mujer, abusos sexuales y feminicidios.

Así, paulatinamente, me di cuenta de que, en mi reflexión, había pasado por alto lo que las mujeres tienen que sufrir diariamente, solo por el hecho de ser mujeres. Y aunque muchos congéneres dicen que “a los hombres también les pasa”, lo cierto es que no es así.

De todas las víctimas de violencia familiar, 87 por ciento son mujeres contra un 13 por ciento masculino. En violencia sexual, 92 por ciento son mujeres contra un ocho por ciento de hombres, de acuerdo con datos de la Defensoría del Pueblo de Perú.

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Sin embargo, las estadísticas no recogen las veces que, transitando por la vía pública, sufren ofensas sexuales, tocamientos y rozamientos. O las veces que, caminando solas por la calle, van rogando no toparse con un violador, o con un ladrón que las atacará por ser la presa más fácil (y quien, probablemente, también viole si le apetece).

Y ello por no hablar de muchos otros casos más que, tal vez porque no son de índole sexual o violenta, no les damos la importancia que merecen.

Recomiendo leer la columna de Patricia del Río en el diario El Comercio, de Lima, del 6 de marzo.

El punto es que, con todo lo que tienen que afrontar día a día, ¿queremos realmente aumentarles nueve meses de sufrimiento a quienes han sido víctimas de un abuso sexual? Sé que es difícil, a estas alturas, congeniar los dos puntos de mi argumentación. Pero es justamente esa disyuntiva la que me motivó a escribir estas líneas.

Ya no se trata solo de que la mujer decida abortar porque es libre de hacer con su cuerpo lo que quiera. Esto va más allá. Tiene que ver con el derecho a la dignidad. Pero, sobre todo, tiene que ver con los derechos de los que una mujer embarazada por causa de una violación ya ha sido despojada. Su derecho a decidir si quiere tener hijos o no, y con quién y cuándo quiere tenerlos; su derecho a la seguridad, a vivir una vida digna, a la libertad sexual; su derecho a vestirse como quiera, a caminar por donde le plazca; su derecho a vivir, sin miedo, sin humillaciones, sin violencia.

Los mismos derechos que tenemos tú y yo, colega masculino. A toda esa larga lista de derechos perdidos (que estoy seguro que una mujer podría alargar y ejemplificar mejor que yo), ¿realmente queremos sumarle el derecho a decidir? Cuando estás optando por el bebé no nacido en lugar de la madre, la estás despojando de un último derecho, y lo que es peor, le estás sumando una nueva humillación. Una que durará nueve meses o toda una vida. Un recuerdo constante, visible y tangible de ese hecho que cualquiera quisiera olvidar. Obligarla a tener el hijo es, desde esa perspectiva, tan denigrante como cuando se obligaba al violador a casarse con la víctima para así evitar que fuera a la cárcel.

Seguramente me dirán: “¿acaso el bebé tiene la culpa?” Y lo sé, porque yo también pensaba lo mismo. Y, ciertamente, no tiene la culpa. Pero la madre, tampoco. Es más, volvamos a concentrarnos en el bebé. ¿Realmente creen que es justo para él ser el recuerdo viviente y constante de la gran humillación sufrida por su madre? ¿Se imaginan cuánto odio podría llegar a generarse dentro de ella? ¿Es esa la vida a la que el bebé tiene derecho?

Otro argumento muy común es que “el niño puede ayudar a sanar la herida”. ¿En serio lo creen factible? Aun suponiendo que sea una posibilidad, dudo mucho que sea la constante en la mayoría de los casos. No sería justo dejar al azar un asunto tan importante como el odio/amor de la madre hacia el hijo.

“Pero puede darlo en adopción”, dirán otros. Cierto, pero lo estaríamos condenando a vivir una mentira y sabemos que en muchos casos los hijos adoptados terminan descubriéndolo y preguntándose por sus verdaderos padres. No sé tú, pero no me gustaría ser quien tenga que decirle a un joven de 16 años que su madre lo dio en adopción porque su padre era un violador. ¿Se imaginan el trauma que significaría para ese joven o esa niña? Sin contar lo que puede significar para la madre que se reabra esa herida.

No podemos -ni debemos- ignorar a las cerca de 360 mil mujeres al año que se estima realizan abortos pese a la prohibición, y, sobre todo, a las casi 65 mil de esas mujeres que mueren o son hospitalizadas anualmente por haberse sometido a una práctica abortiva insegura. Prohibirlo no va a reducir la cantidad de abortos que se practican en el país, pero hacerlo legal sí podría disminuir drásticamente el número de víctimas fatales, fomentando la práctica segura, en lugares autorizados y con un nivel de salubridad adecuados, que garanticen un buen servicio para este y otros temas de salud reproductiva.

Sé que no es fácil. Pero creo que al analizar un tema tan crucial como el aborto es importante considerarlo desde todas las perspectivas posibles. Te lo dice alguien que está en contra del aborto como idea general, pero que reconoce que hay casos en los cuales no se pueden dejar de considerar los factores que pueden llevar a tal decisión, como una violación o problemas de salud. Te lo dice alguien que cree tanto en las libertades y en los derechos universales, incluido el derecho a la vida, que cree que no hay persona que pueda decidir sobre la vida y el cuerpo de alguien, más que uno mismo. Por esa razón, después de una larga reflexión, me animo a decir que lo mejor es dejarlo todo en manos de las únicas personas que tienen el derecho a tomar esa decisión. Así que, por favor, #DejalaDecidir.

Actualización:

Recomiendo leer la columna de Jimena Ledgard en Espacio 360 sobre la Marcha por la Vida, así como el post de El Útero de Marita que recoge un texto sobre los mitos del aborto legal.

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Un comentario en “Despenalización del aborto en caso de violación: déjala decidir

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