Pude ser ingeniero…

Estándar

Dice un poema del gran Luis Hernández:

“Yo hubiera sido Premio Nobel de Física, pero el sol, cerveza, la playa, la coca cola, los parques, y, un amor, me lo impidieron.”

Yo hubiera sido ingeniero. Pero no sé si me pasó como al poeta, o fue más bien al revés. Pude haber tenido sol, cerveza, playa, parques y amores (porque cocacolas tuve varias), pero la universidad me lo impedía. Porque estudiaba ingeniería y no tenía tiempo para nada más. Y lo peor es que ni siquiera había llegado a la facultad. La (des)ventaja de estudiar en la Católica son los cuatro ciclos de estudios generales, que yo ya había convertido en cinco y aún faltaba un poco más.

Y entonces, así como el Perú se perdió de un Premio Nobel de Física, mi familia estaba a punto de perderse un ingeniero. Pero no fue una decisión sencilla. Me costó cinco ciclos tomarla. Y un poco más. Creo que nunca le había contado esto a nadie, pero el día que fui a inscribirme a la universidad me tembló la mano. Veía como las letras que formaban la palabra COMUNICACIONES se hacían cada vez más grandes, mientras que las que decían ingeniería informática parecían esconderse entre las demás. Pero me cayeron de golpe todas las veces en que había dicho/pensado/oído que eso era lo que debía/quería estudiar. Porque era bueno en eso, porque me gustaba, porque se me hacía fácil… Y probablemente era cierto, pero hasta ahora no podría decir si de verdad creía eso, o solamente me convencí(ieron) de que era así. Lo cierto es que era una creencia que tenía y compartía con todos desde más o menos segundo de media.

¿Cómo explicar a mi familia, a mis amigos, a todo el mundo, que salí de mi casa dispuesto a ser ingeniero y regresé como futuro comunicador? Esta es una pregunta que me persiguió durante cinco largos ciclos. Y no era solo el miedo a decepcionar a mis padres o a que nadie pueda entender mi decisión. Tenía que ver conmigo mismo. No quería que me pase como al buen Luis. No quería dejar la ingeniería simplemente porque extrañaba el sol, la playa, las cervezas, los parques y los amores. Tampoco porque se hacía cada vez más difícil a medida que aumentaba el número que acompañaba al nombre Física, y que me acercaba más a la facultad. Mucho menos por haber jalado Estadística y estar a punto de hacerlo otra vez. Quería estar seguro de que en verdad quería salirme de ahí, pero, sobre todo, estar convencido de que en verdad era Comunicación Audiovisual a donde quería ir.

Si me convencí(ieron) alguna vez de que quería ser ingeniero, podía estarme convenciendo otra vez de querer ser comunicador. Pero eso no significaba que de verdad lo quisiera. Podía ser que eso era lo que quería creer. Lo único que sabía era que no me veía a mí mismo en diez años encerrado en una oficina frente a una computadora todo el día (lo cual es curioso, porque escribo esto desde la oficina). Así que hice lo único inteligente que se podía hacer: investigué. Averigüé todo lo que pude acerca no solo de la carrera a la que apuntaba, sino también de la que dejaba, y no solo en la universidad en la que estaba, sino de todas las posibilidades que tenía. Y me emocioné. No puedo precisar qué fue lo que emocionó. Ni siquiera estoy seguro de que haya sido emoción lo que sentí, pero fue un sentimiento bueno y alentador. Y fue así como lo supe. Aún hoy no podría afirmar con total certeza que eso era lo que en verdad quería, pero sé, como lo supe en ese momento, que me iba a ir mucho mejor como audiovisual. Y durante los siguientes ciclos no solo mejoraron mis notas y mi vida social, sino que disfruté mucho la mayoría de los cursos que tomé y muchos momentos de la carrera.

No sé qué fue lo que me motivó a escribir esto tantos años después de haber tomado esa decisión (y de haber egresado de la universidad). Probablemente tenga que ver con el hecho de que a mi hermano menor le toque postular este año, y porque tengo esta extraña sensación de que se está equivocando de carrera. Pero quién soy yo para juzgarlo. Podría ser que ahorita esté en su “Comunicación Audiovisual” y yo lo convenza de pasarse a su “Ingeniería”. O podría ser al revés, pero es mejor que lo descubra solo. A mí nadie me ayudó. Y fue mejor así. Solo uno mismo puede saber o descubrir lo que en verdad quiere hacer con su vida. Así que no le diré nada. A lo mucho trataré de orientarlo para que tome la mejor decisión. Darle la información necesaria, tal vez pros y contras, cualquier cosa que le ayude a decidir, pero nada que pueda tomarse como una presión, una recomendación o una insinuación.

Este es mi consejo para ustedes, padres, madres, hermanos, amigas. Dejen que sus hijos e hijas descubran por sí solos lo que quieren hacer. Déjenlos cometer sus propios errores y encontrar sus propias soluciones. Demuéstrenles que confían en ellos y, sobre todo, que los apoyan. Eso hicieron mis padres conmigo y todo salió bien. Ahorita podría tener más plata o un curriculum más sólido, pero no sería tan feliz como cada vez que salgo a una grabación, o cada vez que me siento a escribir.

Porque pude ser ingeniero, pero el cine, la música, el teatro, las grabaciones, los videoclips, los guiones, y un amor, me lo impidieron.

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