#CulturaMetropolitano: Así nos vemos, ¿así somos?

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Dicen que para conocer a una ciudad y a sus habitantes hay que mirar su transporte público. Si eso es verdad, estamos condenados. Y no solo por las combis asesinas, los paraderos no autorizados, las multas sin pagar, las coimas, las unidades piratas y la informalidad, en general. Lo verdaderamente preocupante somos los usuarios. Si queremos saber un poco más sobre los grandes problemas de la sociedad limeña, hay que viajar en el Metropolitano. Porque, a diferencia de otros medios de transporte público, el Metropolitano reúne a usuarios de todas las clases sociales, y de muchas zonas distintas de Lima, ya que muchos prefieren utilizar este medio antes que tener que sufrir con el tráfico de la ciudad.

metro

Creo que todos los que hemos usado alguna vez este medio de transporte hemos comprobado que el Metropolitano saca lo peor de nosotros. Y lo pone en evidencia. En todo sentido. Empecemos por lo más simple. Basta con darse una vuelta por la Estación Central para ver cómo se pone de manifiesto lo poco dado que es el limeño a seguir indicaciones básicas, ya sea por falta de comprensión lectora, por ignorancia, o simplemente porque no nos importa. Las escaleras están divididas en subida y bajada, claramente señalizadas con flechas en la parte superior y con las palabras SUBIDA y BAJADA en la parte inferior (o estaban, ahora las flechas se están despintando). Sin embargo, nunca falta (y esto no es un figura, literalmente nunca falta) alguien que suba por la “bajada” o baje por la “subida”, dificultando el paso fluido de los transeúntes.

(foto: @zaida_pch)

(foto: @zaida_pch)

Y aquí empieza el primer punto verdaderamente importante: la incapacidad de seguir indicaciones básicas. Son sencillas las acciones que se nos piden para acceder al servicio, tener una tarjeta, recargarla, pasarla por el sensor, esperar en el paradero adecuado. Hasta ahí todo normal, salvo por eventuales personas que nunca han usado el servicio y no tendrían por qué saber cómo funciona. Pero una vez adentro hay dos pasos simples: hay que esperar detrás de la línea amarilla que hay en cada puerta, haciendo cola (y respetándola), y hay que esperar que terminen de bajar los pasajeros del bus antes de subir. Pero sabemos que esto no se cumple. Si pudieran, algunos esperarían del otro lado del vidrio con tal de ser los primeros en subir. Y, ¿esperar que terminen de bajar para recién subir? ¿Quién tiene tiempo para eso?

Esto nos deja una primera hipótesis de por qué nos portamos tan mal en el Metropolitano. Siempre andamos apurados. Y en ese apuro, lo más importante es poder subir al bus y llegar a tiempo a nuestro destino. Y es que claro, cuando un descuento por tardanza puede significar que ese día no tengas qué comer, o peor aún puede generar que te despidan, entonces probablemente tú también harías lo que sea por llegar a tiempo. Y esto tiene una relación directa con la siguiente característica que siempre ha llamado mi atención: la incapacidad de dejar pasar el bus.

Todos hemos estado en esta situación, sin importar si estamos dentro del bus, o abajo esperando. Llega un bus repleto de gente a un paradero repleto de gente, y TODOS intentan subir, a empujones, apretados, si pudieran irían colgados. Pero lo más sorprendente para mí, se da cuando detrás de ese bus viene otro de la misma ruta (y a veces uno más detrás de ese). Sin embargo, la mayoría de personas son incapaces de tomarse unos segundos para pensar que tal vez, en lugar de ir todos apretados, algunos deberían esperar el siguiente. Entiendo que esto suceda cuando, por ejemplo, son las 8 de la mañana en el paradero de Ricardo Palma, y ves pasar 50 Expresos (que no paran ahí) antes de que aparezca una C o una B. Y, como no sabes cuánto tiempo más tendrás que esperar (y cuántos Expresos más verás pasar) antes de que venga otro, no queda más remedio que subirse como sea. Pero si ves que está viniendo otro inmediatamente después, y en muchos casos más vacío (porque en los otros paraderos TODOS subieron también al primero), ¿cuál es la necesidad de subirse a ese donde ya no cabe más gente? ¿Es el apuro razón suficiente para justificarlo?

(foto: @Edy_Zavash

(foto: @Edy_Zavash

Hay algo más preocupante detrás de todo esto. El poco respeto por uno mismo. El Metropolitano es un lugar donde la palabra “respeto”, en general, no tiene cabida. Pero hay que quererse muy poco cuando no nos importa ir apretujados unos contra otros –o contra los pasamanos, asientos, puertas, etc.–, o que el sudor de otros corra por nuestros brazos, o que desconocidos nos respiren en la nuca. Muchas cosas mejorarían en este servicio si, recuperando la valoración de nuestro espacio personal, prefiriéramos esperar antes que subir a empujones a un bus lleno.

(foto: @frasesreporter)

(foto: @frasesreporter)

Evitaríamos, o al menos disminuiría, por ejemplo, uno de los más grandes males presentes en este medio de transporte, y que ha estado en boca de todos en estos últimos días. Me refiero a los rozamientos, tocamientos indebidos y acosos que las mujeres tienen que sufrir diariamente cuando se trasladan por este medio. Muchos hombres aprovechan el tumulto para dar rienda suelta a sus mañoserías. Y esto es un vicio que no se limita al Metropolitano, pero que se ve potenciado por este.  Si hubiera un mayor control de la cantidad de gente que sube a los buses, ya sea oficialmente o por criterio de los propios usuarios, sería más difícil que estos sujetos puedan realizar sus actos impunemente o, incluso, que se animen tan alegremente a hacerlo.

Pero para que podamos evitarlo realmente, haría falta también que dejemos de lado la indiferencia. No es posible que las mujeres tengan que sufrir estos abusos y nadie haga nada al respecto, y peor aún, nos hagamos los desentendidos. Si las personas fueran más adeptas a intervenir, a solidarizarse con su prójimo, no solo estos casos de índole sexual, sino todo tipo de abusos, robos y otros males, también disminuirían. Esto, tal vez, sea un poco más complicado de lograr en la vía pública, por muchas razones, principalmente miedo a ser agredido, o terminar peor que la víctima original. Pero dentro del Metropolitano deberíamos ser capaces de, entre todos, lograr que estos actos no queden impunes. Si un hombre interviene defendiendo a una mujer que está siendo víctima de un pervertido, no puede ser que termine golpeado por el agresor. Si otras personas hubieran intervenido también, esta situación hubiera tenido un final distinto. Lo mismo con el caso de Magaly Solier. Si alguien se hubiera solidarizado con ella, ahora no tendríamos esos desagradables comentarios que ponen en duda la versión de la víctima y defienden así, indirectamente, al agresor.

De paso, si no permaneciéramos indiferentes, también evitaríamos abusos en el otro sentido: los de personas que se hacen las víctimas para salirse con su gusto, como en el caso de esa mujer que por evitar pagar un pasaje le dijo a su hijo que había sido agredida, lo que generó que este atacara brutalmente al encargado de la estación. Luego se comprobó que la mujer había mentido y que el empleado solo había cumplido con su función. ¿Nadie más, aparte del empleado y la señora, presenciaron lo que había sucedido?

Hasta ahora hemos visto cómo el Metropolitano sirve como vitrina para los vicios que normalmente golpean nuestra sociedad. ¿Pero por qué los potencia? ¿Qué hace que cada estación y cada bus se conviertan en una muestra constante de lo peor de nuestra sociedad? Podría ser solo una cuestión estadística. Este servicio es usado diariamente por miles de personas, y en ese muestreo es normal que aparezcan representantes de todos los tipos de personas presentes en nuestra sociedad. Pero entonces, ¿somos realmente así? Si un turista llega a Lima, y sigue la recomendación citada al comienzo para conocer mejor a los limeños, dándole una mirada al Metropolitano, ¿se llevaría una imagen real y fidedigna de nuestros habitantes?

Hemos visto noticias de agresiones físicas, de exabruptos violentos, de ataques personales, de acosos y actos indebidos de índole sexual. Hay también seguramente actos de discriminación. Homofobia y xenofobia también. No se respetan las normas de convivencia mínima. No hay respeto por el prójimo. No se respetan los asientos reservados o los espacios para discapacitados. Las más mínimas normas de cortesía están ausentes. ¿Ceder el asiento, ceder el paso, respetar el espacio personal? Nada. Y ya no hablamos solo de personas que empujan para poder subir a como dé lugar. Estamos hablando de los que empujan para ganar un asiento, de los que llegan a una estación donde ya hay gente esperando y haciendo cola y deciden “crear” su propia cola al costado, de la gente que no respeta las colas y se mete a empujones, de la gente que se amontona en las puertas, dificultando el libre tránsito de quienes desean subir o bajar.

¿Somos realmente una sociedad tan deteriorada? Me cuesta creer que nuestra ciudad esté plagada de enfermos sexuales, de pervertidos, de gente que no le interesa en lo más mínimo el bienestar del prójimo, de personas que no tienen la más mínima noción de respeto o cortesía. Pero todo parece indicar que es así.

La solución pasa por una mejor educación, en todo sentido, pero con especial énfasis en los valores. Pasa también por mejorar el servicio y dar mayores alternativas. Mientras el Metropolitano siga siendo la única o la mejor opción para cada vez más personas, este seguirá convirtiéndose en una bomba de tiempo, cada vez más cerca de estallar.

(foto: @Espacio360Peru)

(foto: @Espacio360Peru)

Pero pasa también por entender de una vez por todas que la ciudad la hacemos todos. Que si no la cuidamos, la estamos destruyendo. Que las normas se hicieron para cumplirse, y que la viveza y la “criollada” no son comportamientos que debiéramos alentar. Y que todos los ciudadanos somos iguales y tenemos los mismos derechos, y que hay que respetarlos (y respetarnos). Y esto, lamentablemente, es un mal que aqueja no solo a nuestra ciudad, sino a toda nuestra nación.

Porque si creen que viajar en el Metropolitano exalta lo peor de nosotros mismos, esperen nomás a que empiece la campaña electoral.

 

 

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