8 reviews por el precio de 1: las mejores películas del Oscar 2015 en un solo post

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Hacía mucho que no me entusiasmaba tanto la temporada de premios cinematográficos. Trato de ver todas las candidatas siempre, pero este año he disfrutado mucho a la mayoría. Creo que ha sido una buena temporada, con grandes películas para todos los gustos.

La última vez que me emocioné creé un blog que ahora anda perdido por la web. Así que en honor a eso, y embriagado por la nostalgia, decidí escribir de cine después de mucho tiempo. No fue fácil, porque había mucho que decir de las películas, más de lo que he tratado de condensar aquí.

Pero aquí está. Esta es mi impresión de las ocho candidatas a mejor película para el Oscar 2015 de este domingo, y con algunas predicciones. Espero que lo disfruten y se animen a dejar sus comentarios 😀

AMERICAN SNIPER 


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Hace algunos años, el maestro Alonso Alegría, para comentar una obra dramática escrita por mí, me hizo una pregunta simple, cuya respuesta sigue influyéndome cada vez que escribo: ¿por qué Unforgiven, el clásico western de Clint Eastwood, es mejor película que el Pulp Fiction de Tarantino? No fue una elección arbitraria de títulos. Se explicaba en el contexto, pero aún sin conocer la obra en cuestión, y más allá de subjetividades sobre lo que constituye una “mejor película”, la razón se desprende de la propia respuesta. Unforgiven es mejor película porque se preocupa más por el lado humano, por el desarrollo de los personajes y sus conflictos, que por una narración efectista (“pura pirotecnia” dijo él, pero me tomo libertades en defensa de Tarantino), donde prima más la forma que el fondo.

Esa es una característica inherente a toda la obra de Eastwood, el equilibrio perfecto entre humanismo reflexivo y crítico y la acción atrapante que mantiene en vilo al espectador. Y El Francotirador (American Sniper) no es la excepción. Mucho se ha comentado a favor y en contra de esta película. La mayoría de críticas dirigidas a una supuesta glorificación de la guerra y del personaje principal, el más letal francotirador de la historia del ejército estadounidense.

La película narra la vida de Chris Kyle, y cómo se convirtió en la leyenda más respetada (o temida, según el bando) de la incursión americana en Iraq. Y, si bien lo hace desde su punto de vista (la cinta está basada en su autobiografía), Eastwood no toma postura alguna, pese a sus conocidas convicciones. No le interesa retratar la guerra en sí misma, ni siquiera elegir un bando. Le interesa el lado humano, lo que está sucediendo con las personas, ya sea allá en los campos de batalla, o más acá, en casa.

Porque eso es lo que más le interesa a Eastwood en sus historias. La guerra es solo una excusa, un contexto, como lo es el boxeo en Million Dollar Baby, o el “Viejo Oeste” en Unforgiven. Lo importante es lo que está sucediendo dentro de los personajes, porque eso es lo que trasciende el contexto mismo y se vuelve universal.

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No se trata de una película que resalte la guerra ni pretenda convertir en un héroe ejemplar a Kyle. Es una cinta que retrata una realidad innegable. La guerra existe y existen también personas como Kyle, que creen en los valores que representa. Y son igual de reales y visibles las consecuencias que ésta tiene en sus protagonistas y en los familiares. La verdadera batalla no se da en los campos, sino en el interior de cada personaje. De Kyle, que poco a poco se va sintiendo un ser ajeno, alienado, descontextualizado, tanto en Iraq como en su hogar. Y también de Taya, su esposa, quien tiene que asumir con resignación y desesperanza que su esposo, ese del que se enamoró, nunca volvió de Iraq.

¿Cómo puede ser una película que exalte la guerra, una que a cada momento nos muestra las consecuencias nefastas de la misma? La película nos habla de las heridas de guerra, las físicas producto de la lucha, pero también las que no se ven a simple vista, en las personas, las familias, la sociedad, en el mundo.

Eastwood es crítico, pese a sus propias convicciones, pero aun así se las ingenia para mantener una postura neutral. Porque la intención del autor no es pontificar a favor ni en contra, sino que el espectador reflexione y saque sus propias conclusiones. La cinta narra la historia de Kyle, pero bien podría ser la de Mustafa, su contraparte iraquí, o la de cualquier otro. Aunque, es necesario reconocer que su punto más bajo es el retrato que hace del bando contrario. Pero esto también tiene una explicación. La película nos muestra el punto de vista exclusivo y subjetivo del protagonista (el autor del libro), y el director, convenientemente, prefiere no intervenir.

Si hay algo que sabe hacer Eastwood es contar una historia. Sabe qué decir y qué callar en favor de la narración. Y la enseñanza del maestro Alegría me obliga a decir que esta es una gran película, precisamente porque basa su riqueza en su humanismo, en la lucha interior de sus personajes y en una narración precisa y atrapante. No sé si lo suficiente para ganar el Oscar (hablando de subjetividades), pero sí para convertirse en una película obligada para cualquiera que aprecie el buen cine. Puntos extra por las más que correctas actuaciones de Bradley Cooper y Sienna Miller. El primero logrando una perfecta dualidad entre lo que dice y hace el personaje y lo que sus ojos, gestos y facciones gritan desde el interior. La segunda, logrando también el equilibrio entre sobriedad a lo largo del film y el desborde de emociones cuando es necesario. Ahí también se ve la mano del director.

BIRDMAN


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A González Iñárritu se le ha acusado muchas veces de pretencioso, de construir artificios que hacen que sus películas parezcan mejor de lo que son.  En otras palabras, la contraparte de Eastwood que Alonso Alegría buscaba en Pulp Fiction en la anécdota citada anteriormente. Un director más preocupado por la forma que por el fondo. ¿Pero esto es necesariamente malo? Me lo pregunté en ese entonces, y me lo sigo preguntando. Porque creo que saber cómo contar una historia (en la construcción / estructura / forma) es parte fundamental del trabajo de un director.  Si Pulp Fiction hubiera sido narrada linealmente sería aburrida, sí, ¿pero eso no hace que la decisión de construirla como se hizo sea acertada?

Lo que sí es cierto es que González Iñárritu ha estado en una búsqueda permanente de acercar sus películas lo más posible a la perfección. Y pareciera que todo ese camino recorrido lo preparó y lo llevó exactamente a este momento. Porque Birdman tiene muchos puntos que rozan con la perfección, precisamente por ser una película de este director mexicano. Porque es en esa metarrealidad, en su construcción pretenciosa y su grandilocuencia, que se convierte en una obra maestra.

La premisa es bastante simple. Birdman nos narra la historia de Riggan Thomson, alguna vez el actor más popular por haber interpretado al superhéroe Birdman, y que ahora, en sus cincuentas, decide montar una obra de Raymond Carver para demostrarle a todo el mundo que él es un gran actor, un verdadero actor, y que sigue vigente. Pero en el camino encontrará un sinfín de problemas que le harán cuestionarse si tomó una decisión acertada.

Pero lo que hace Iñárritu con esa idea es extraordinario. Llama a Michael Keaton, el Batman de Tim Burton, para que interprete a Birdman, y le suma a Edward Norton, interpretando a un actor con el que nadie quiere trabajar por tener fama de complicado, en una evidente alusión a lo sucedido con el mismo Norton cuando interpretaba a Hulk y fue reemplazado en Avengers.

Así, se va construyendo esta metarrealidad, con Keaton y Norton interpretándose a “sí mismos”, y González Iñárritu, construyendo una película que es  la vez resumen y epítome de su carrera, que es una consagración y una parodia en sí misma. Porque, probablemente a él le pasó lo mismo que a Riggan cuando empezó como cineasta, ya que provenía de la publicidad (y los audiovisuales sabemos muy bien de esa “enemistad” entre publicidad y ficción). Probablemente esa búsqueda de la película perfecta responda a la necesidad de demostrar que es un cineasta verdadero y no un publicista jugando a hacer cine. Pero, además, Birdman es conscientemente pretenciosa, y lo es a propósito, porque es una respuesta a las críticas que recibió durante su carrera, pero es también una manera de recordarse a sí mismo que tenía razón.

Es en esa capacidad de los tres de burlarse de sí mismos que la película va construyendo su grandeza. Pero no termina ahí. Porque los guiños a la realidad continúan. Riggan hablando de cómo todos iban a recordar a George Clooney pero no a él (sí, George Clooney, el peor de todos los Batman de la era Burton-Schumacher), por ejemplo.

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Pero Birdman es genial también en el fondo. Estamos ante una crítica constante y sincera de la industria del cine, pero advirtiendo que todos los bandos tienen algo de verdad y de error. Así, contrapone a las estrellas del cine comercial, vanidosos, superficiales y egocéntricos, con los actores de teatro, aquellos que se creen dueños del verdadero arte; y enfrenta también a los críticos de arte con los creadores, ambos mirando con desprecio al otro y creyéndose superiores. Se burla de las películas de súper héroes y el sistema de Hollywood que  convierte a cualquiera en estrella de la noche a la mañana. Pero todo lo hace con una mirada irónica. Porque su defensa de lo artístico es también un artificio. Si su película es una burla de sí misma, esa defensa del Arte, tampoco es real.

Nos habla, además, del orgullo, de la necesidad de aceptación y reconocimiento, del miedo a envejecer y ser olvidado, del amor propio, de confundir admiración con amor y de la incapacidad de reconocer el amor que sí es real. Todos los personajes tienen él mismo problema. Riggan necesita la aceptación de la crítica, del público, de sus colegas y de la prensa, aún a costa de perder a su propia familia, y a la persona que lo amaba en verdad. También su hija, interpretada por Emma Stone, sufre las consecuencias de la ausencia de protagonismo de su padre en su vida. O las actrices de la obra, encarnadas por Naomi Watts y Andrea Riseborough, se ven conflictuadas por el fracaso de sus relaciones, y por la falta de autoestima. El mismo Mike (E. Norton), en su búsqueda interminable de la verdad en la actuación, esconde una necesidad de ser reconocido como un actor puro, entregado completamente al arte. Por eso solo es capaz de ser él mismo dentro del escenario, porque fuera de él ya no es nadie, y se ha vuelto incapaz de sentir emociones reales en sus relaciones personales.

Y aún no hemos hablado de muchos otros detalles que enriquecen todavía más la película. Las actuaciones, por ejemplo. Un elenco impecable donde se puede sentir que todos han dado lo mejor de sí, y donde, pese a nombres y talentos de la talla de Norton, Emma Stone,  Naomi Watts, Amy Ryan o Zach Galifianakis (una gratísima sorpresa), Keaton logra destacar sobremanera, en la que probablemente sea la mejor actuación de su carrera, y que merecería un post aparte. Iñárritu confirma, como ya lo había hecho en 21 Gramos e incluso en Babel, que es un gran director de actores, capaz de conseguir algo extra incluso de talentos consagrados como Keaton y Norton o Sean Penn y Del Toro.

Y se me van quedando temas en el tintero, pero este artículo ya está demasiado extenso. Felizmente, otros ya se han ocupado de ellos: la dualidad Riggan/Birdman (el protagonista oye la voz interior del héroe que interpretó), la construcción con planos secuencia, la representación y construcción teatral de toda la película, etc. Pero lo importante es saber que todo eso apunta en una misma dirección, que cada elemento, y cada decisión tomada por el director tiene ese mismo propósito: que la película sea perfecta en sí misma. Que, en este caso, la forma es tan importante como el fondo. Iñárritu le da la razón a Alonso Alegría, construyendo personajes que trascienden la historia misma para volverse universales, personajes ricos y complejos, interesantes y únicos. Pero a la vez reivindica la importancia de la forma, de la estructura, porque los artificios sí son útiles cuando apuntan a un objetivo mayor. Esta película no pretende engañar, ni en la forma ni en el fondo. Es probablemente una de las cintas más honestas que vamos a ver.

Con esta película, Iñárritu no solo se reivindica a sí mismo, sino que se renueva y se consagra, y deja a sus críticos sin argumentos. Sí, Birdman es pretenciosa, patética, artificial en su forma (los planos secuencias son solo una ilusión), pero lo es porque es necesario. Pero también es hermosa, emotiva y sobre todo, sincera. En medio de artificios, de mentiras, de personajes que se engañan a sí mismos, y manipulaciones, emerge  un discurso honesto sobre la naturaleza del arte, sobre la trascendencia, sobre la importancia de las formas, y sobre la relativización de todo lo anterior. Y es en esa honestidad que radica su grandeza.

Candidata a mejor película, sí, pero también le doy unas fichitas a guión y director, y sobre todo, al trabajo excepcional de Emmanuel Lubezki en la cinematografía (o dirección de fotografía, como quieran).

THE IMITATION GAME


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El Código Enigma es de esas películas que pudieron ser geniales pero prefirieron ir a lo seguro. Es una película correcta en todo sentido, arriesga poco y no teme utilizar fórmulas que le permitan hacerse acreedora a una buena cantidad de premios. O por lo menos de nominaciones. Dicho esto, es justo decir también que lo que hace, lo hace bien.

The Imitation Game (mucho mejor título que su versión en español) narra la historia de Alan Turing, un genio matemático incomprendido en su época por su falta de tacto social, que es reclutado por el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial para tratar de descifrar el código de una máquina nazi que se supone era indescifrable, Enigma (de ahí el título simple en español).

Había muchos temas que abordar en la vida de Alan Turing. No solo fue participe de uno de los hecho más trascendentes de la guerra más grande del siglo XX, también estuvo involucrado en casos de espionaje, y, por si fuera poco, era homosexual, en una época donde eso era un delito punible con prisión. A estos dos últimos puntos hace referencia el título en inglés: El Juego de la Imitación, el tener que fingir ser alguien que no se es, hecho que estuvo presente a lo largo de toda la vida de Turing, desde el colegio cuando tenía que ocultar el amor por uno de sus compañeros, pasando por sus actividades como espía, hasta el final, cuando tiene que inyectarse hormonas para “curar” su homosexualidad.

Y creo que justamente en esa amplitud de posibilidades radica el problema de la película. No se decide con determinación por ninguna de las aristas y por eso no termina de comprometerse demasiado con ninguna. La dualidad entre el título original y el español podría servir de ejemplo. ¿Es una película sobre cómo se llegó a descifrar el código de Enigma y cómo se construyó la máquina Turing (que es la madre de lo que hoy conocemos como computadora)? ¿O es, más bien, una película sobre cómo Turing tuvo que ocultar su verdadera identidad en una sociedad que no estaba preparada para una persona como él, en muchos sentidos? La respuesta podría ser ambas. Pero podría ser también ninguna de las dos.

2014, THE IMITATION GAME

Es ahí donde el director, Morten Tyldum, aplica la fórmula infalible: un personaje con una historia extraordinaria, de preferencia importante para la historia universal, un poco de injusticia social, ambientación de época, y actuaciones memorables. Esta película lo tiene todo. Entonces, vemos buena parte del proceso histórico, de cómo Turing puso su granito (granazo) de arena para que los Aliados ganen la guerra. Y vemos también pasajes de su pasado donde se va dibujando como una persona peculiar. Le agrega poco a poco el tema de la homosexualidad y cómo este  se convertirá en un obstáculo a lo largo de su vida. Y luego, vemos cómo, a pesar de la importancia de sus acciones y de sus aportes al futuro de la humanidad (¡su teoría es la propulsora de las computadoras, lo que lo convierte en el padre de la era contemporánea!), tuvo que sufrir la injusticia de ser condenado y olvidado por el simple hecho de ser homosexual. Una injusticia que tiene mucha vigencia hasta el día de hoy en sociedades como la nuestra, y que se puede aplicar a otros ejemplos y temas de discriminación.

Pero, pese a todos los elementos a su favor, no termina de convertirse en una obra maestra. Su punto más alto es la notable actuación del cada vez mejor Benedict Cumberbatch, quien sostiene sobre sus hombros la película de principio a fin.

Y para ser justos, tampoco creo que sea un defecto que el director haya optado por esa forma de presentar la historia. La película nunca pretende ser más de lo que es. Algunos le reclaman su falta de compromiso, dejando pasar una gran oportunidad para hablar fuerte sobre el tema de la homosexualidad. Y es cierto, en estos tiempos se hace muy necesario. Pero esa nunca fue la intención de la cinta. Es una película que cuenta una historia, y, como lo hizo Eastwood en American Sniper –tal vez sin la misma brillantez-, deja los elementos suficientes para que el espectador reflexione y saque sus propias conclusiones. Y eso, aunque sea, es un avance.

No la veo como candidata a nada, pero tiene un guión bastante interesante que ya ganó el premio del Sindicato de Guionistas Americanos (WGA, en inglés) a mejor guión adaptado. Aunque esta vez compite contra la sensacional Whiplash, que en dichos premios competía como guión original (tecnicismos que no vienen al caso). Lo más seguro es que solo pueda aspirar al Oscar a mejor actor, y no sería sorpresa para nadie.

 

SELMA


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Esta es otra película que no tiene pierde, sumamente efectista y que apunta al lado más emotivo de los espectadores. Y lo consigue de una manera muy bien articulada, lo que la convierte en una película necesaria.

La cinta nos remonta a la campaña de Martín Luther King Jr. en favor del derecho igualitario al voto para la población afro-americana, y los acontecimientos políticos y sociales que en 1965 llevaron a la realización de una multitudinaria marcha, desde Selma hasta Montgomery (Alabama), en favor de la causa.

La película está narrada desde la perspectiva de King y sus allegados, pero es lo suficientemente inteligente para no parecer parcializada. Por el contrario, da los parámetros suficientes para imaginarnos cómo pudo haber sido la vida de esas personas, y de esa manera, logra generar empatía, conmover e indignar.

Me parece que en eso radica su principal virtud. La película es una larga reflexión. Nos obliga a preguntarnos qué hubiéramos hecho nosotros de haber vivido en esa época, en cualquier condición, porque logra ponernos en el lugar de todos los bandos involucrados. ¿Qué hubiéramos hecho de ser afroamericanos? ¿Hubiéramos participado de la marcha? ¿Hubiéramos seguido las protestas pacíficas de Luther King, o hubiéramos sido más bien partidarios de acciones más incendiarias como los seguidores de Malcolm X? Pero también nos pone en el lugar contrario. De haber tenido el poder, ¿hubiéramos permitido tantas injusticias? ¿Hubiéramos querido esperar como Johnson o hubiéramos tomado acción de inmediato? Y, de haber sido ciudadanos blancos, ¿nos hubiéramos solidarizado?

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Tal vez parezca difícil o hasta convenido pretender responder a esas preguntas desde la distancia de los años, pero no lo es. Y es que esta cinta tiene la particular virtud de hacer eco en los tiempos actuales y en la sociedad moderna de una manera inquietante pero precisa. No parece haber mejor momento para una película como esta que el actual, debido a los acontecimientos recientes vividos por la comunidad afroamericana en los Estados Unidos. Pero se ve reflejada también en otras realidades, que sin embargo comparten el mismo sentido de injusticia social. Me hizo pensar, por ejemplo, en los líderes ashaninkas asesinados, en las comunidades indígenas abusadas, en los manifestantes violentamente reprimidos, aquí y en el resto del mundo. Porque si hay algo importante en esta película, es que nos recuerda qué tanto y qué tan poco han cambiado las cosas en estos cincuenta años.

Más allá de la parte emotiva, y de su importancia para generar reflexión y crítica, la película es una de las más bajas de todas y de las que menos posibilidades tiene de alzarse con alguna estatuilla, salvo tal vez repetir el premio a mejor canción que ya consiguió en los Globos de Oro. Es inexplicable, sin embargo, la ausencia de David Oyelowo, de fántastica interpretación, entre los nominados a mejor actor.

 

BOYHOOD


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Es difícil no conmoverse con una película como Boyhood. Durante doce años, Richard Linklater rodó, más que una película, un experimento, en el que podemos ver a los actores envejecer con sus personajes, al mundo cinematográfico evolucionar de la mano con el real, y a la vida transcurrir durante las casi tres horas que dura la película.

Boyhood trata precisamente de eso, de la vida. Encontramos a Mason a los 6 años, y lo acompañamos durante su crecimiento. Vemos momentos de su niñez, su pubertad y su adolescencia con todos los momentos que pueden ser definitorios en cada una de esas etapas, pero también otros que no parecen serlo en absoluto, justamente porque así es la vida. No todo instante de nuestras vidas necesariamente es determinante en nuestro futuro, pero cada decisión que tomas, cada acción que realizamos puede, potencialmente, serlo.

Linklater nos plantea una cinta que juega a ser lo más realista posible, casi como si estuviéramos frente a un documental sobre una familia promedio estadounidense. Podría parecer que en muchas partes de la cinta no está sucediendo nada interesante, nada memorable, nada digno de ser retratado en una película. Mason no es un personaje extraordinario (en el sentido literal de fuera de lo ordinario), y en algún momento de la película, confieso, llegué a pensar que pudo haber sido mucho más interesante si, en lugar de enfocarse en el muchacho, la historia se hubiera centrado en la madre (aún creo que hubiera sido más que interesante).

Pero la intención nunca fue mostrar algún hecho insólito o sobresaliente, sino todo lo contrario. La familia de Mason podría ser cualquier familia moderna de Estados Unidos, o de Occidente en general, con padres divorciados, una madre soltera que se sacrifica por sus hijos pero que aun así trata de crecer como persona, una hija que intenta tener una buena vida social y un hijo con problemas para socializar y con una visión peculiar de la vida. Podría ser la vida de cualquiera y eso es lo que hace que fácilmente nos sintamos identificados, ya sea con los personajes o con las relaciones. Lo interesante, es que ninguno de los personajes es plano. Es justamente su tridimensionalidad lo que hace que cualquiera de nosotros podamos sentir empatía con todos ellos. Linklater es un especialista en eso.

Lo mejor de la película es, sin duda, su honestidad. El experimento propuesto por el director tiene la intención de acercar la película lo más posible a la realidad, a la verdad. Y lo mismo hace con el guión. Vemos personas “reales”, no personajes. Vemos una familia real, situaciones reales, los sabemos porque nos reconocemos en ellas. Y encima los vemos envejecer ante nuestros ojos. Es una película sobre el aprendizaje de la vida, sobre crecimiento, tanto físico como emocional, y dentro y fuera del universo ficcional. Porque así como los personajes, los actores también han crecido, han envejecido, sí, pero también han madurado, han crecido profesionalmente, y lo mismo ha hecho el director. En ese sentido, el experimento también se extiende a las personas de carne y hueso involucradas en él.

La vida es así, una sucesión de eventos e instantes que nos hacen crecer, que nos ayudan a aprender, una serie de decisiones que nos llevan de un lugar a otro, de un momento a otro, y es un largo camino en el que no se puede retroceder. Porque la película también tiene un gran aire de nostalgia y añoranza de la juventud, esa etapa donde precisamente se nos está permitido equivocarnos, experimentar, y donde se nos pide aprender y dejar trazado el camino para lo que será el resto de nuestras vidas. Y, al igual que en el final de la película, sabemos que la vida no termina ahí. Solo nos queda mirar lo que está por venir con optimismo y su cuota necesaria de melancolía.

 

THE GRAND BUDAPEST HOTEL


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Esta fue, de lejos, la película que más disfruté en el 2014 (junto a los x-men, pero eso fue más por filin personal), y mi favorita para el Oscar antes de ver Birdman y Whiplash. Wes Anderson es conocido por el cuidado que pone en la estética de cada una de sus películas y en esta, creo, alcanza su máxima expresión. El Gran Hotel Budapest es simplemente una obra de arte.

La historia comienza en el tiempo actual con una joven visitando el monumento en memoria del autor del libro El Gran Hotel Budapest, para inmediatamente retroceder a 1985, donde vemos al autor (Tom Wilkinson) haciendo una introducción a la historia, y continúa retrocediendo. Primero vemos cómo el autor, de joven (interpretado por Jude Law), conoció al dueño del hotel y se enteró de su increíble historia, y finalmente, retrocede un poco más y se centra en Gustave H (Ralph Fiennes, espectacular como siempre), el peculiar conserje del famoso hotel que da nombre a la película, y su joven aprendiz, Zero Moustafa (Tony Revolori). El dúo forma una relación especial, casi familiar, como ya es habitual en Anderson, y de pronto se ven envueltos en un complot alrededor de una pintura de valor incalculable, que los llevará a una aventura totalmente fuera de lo común, con persecuciones, fugas, tiroteos y conspiraciones.

Toda la película responde a un manual de estilo ya clásico en la obra de Anderson: la cámara fija, la composición simétrica del encuadre, un diseño de producción sumamente detallista y estilizado, la maravillosa combinación de colores, sonidos y paisajes, personajes extraños y complejos, y, sobre todo, un reparto coral con actores de primer nivel (Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldbum, Harvey Keitel, Jude Law, Edward Norton, Léa Seydoux y el infaltable Bill Murray, entre otros). Pero en The Grand Budapest Hotel cada detalle parece alcanzar la plenitud de su belleza.

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La historia es atrapante, es divertida, y recuerda (y el autor ha confesado tener esa intención), a las comedias de los años 30. Hay, además, un aire de nostalgia que se convierte en el tema principal de la película. No es en vano que la cinta arranque con cuatro flashbacks sucesivos, casi inmediatos. Anderson nos habla con cierta añoranza de lo clásico, con toques de humor que recuerdan incluso al cine mudo. Y así nos habla también Zero Mustafa, ya convertido en dueño del hotel, recordando sus aventuras con su mentor, cuando el gran Budapest aún mantenía el brillo, la elegancia y el prestigio –tan importantes para Gustave- de la era anterior a la invasión fascista. Ahí todavía trataban de mantener los códigos de nobleza que Gustave veneraba y trataba de encarnar, como un recordatorio de decencia inquebrantable, aún en épocas en las que se ven amenazadas por el terror de la guerra.

Todo tiempo y toda historia, por muy maravillosa que sea, tiene su fin. Y la película nos habla de eso, y nos plantea como única alternativa la memoria, que solo sobrevive gracias a la tradición narrativa. La majestuosidad del hotel, y los símbolos de nobleza que representa, sobreviven solo a través de las páginas de un libro. La película es después de todo, un tributo al escritor austriaco Stefan Zweig, con quien Anderson comparte el amor al arte de contar historias. Es importante recordar el primer flashback, que nos lleva directamente donde el autor del libro, interpretado por Tom Wilkinson, quien explica la importancia de observar y escuchar para los escritores, porque es así como las personas suelen proporcionar los elementos necesarios para escribir historias únicas. De esta manera, El Gran Hotel Budapest constituye para Anderson una declaración de principios, y un homenaje al arte que él mismo representa tan bien.

Arrasó en nominaciones en las categorías técnicas y estéticas, así es que lo más probable (y justo) es que gane una o más estatuillas. La de diseño de producción, por ejemplo, debería tenerla asegurada. Si hubiera justicia, debería ganar también a mejor guión original. Para mí, es un mano a mano con Birdman. Pero ojo que ya sorprendió arrebatándole el Globo de Oro a mejor comedia o musical (aunque esa separación que hacen en los Globos le facilitó el camino).

 

THE THEORY OF EVERYTHING


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La Teoría del Todo es una película que narra la vida del mundialmente famosos físico teórico británico Stephen Hawking. Pero lo hace desde una perspectiva peculiar. Está basada en las memorias de su esposa Jane Hawking, la madre de sus tres hijos, y por eso, la cinta termina siendo una película sobre la mujer que estuvo al lado del genio durante muchos años, y lo acompañó en su lucha por la vida.

Este punto de vista trae consigo dos consecuencias naturales. La primera es que por varios momentos sentimos más empatía con ella que con el supuesto protagonista de la cinta. La vemos enamorarse. La vemos decidir permanecer al lado de Hawking cuando se entera de la enfermedad. Y es ella quien sostiene la lucha y la carga por la enfermedad, aun en contra de las sugerencias de la propia familia del físico. Ella es la verdadera heroína y la piedra que sostuvo por muchos años la vida de su esposo. Y eso no es un error, por el contrario, estamos ante un personaje estupendo, conmovedor e inspirador. El único problema es, insisto, que la película debía enfocarse en él y no en ella.

La cinta termina siendo una de esas historias de amor inagotable, que resiste –o lo intenta- cualquier adversidad que se le presente. Incluso cuando la relación empieza a complicarse, y la carga de la enfermedad empieza a pasar factura, ella resulta bien parada. Queremos que sea feliz y que todo el amor que tiene para dar sea correspondido. Y esta situación llega a tal punto que ni siquiera cuando se enfrenta a la posibilidad del adulterio llegamos a ver en pantalla consumarse el hecho.

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La segunda consecuencia es que la película termina presentando el mismo problema que destacamos en El Código Enigma (Imitation Game), aunque con mejores resultados, a mi parecer. No se termina de comprometer demasiado, ni con la ciencia ni con la enfermedad, y tampoco con la intimidad de la familia Hawking. Todo está armado para ser digerible y fácilmente recibido por todos. Pero, al igual que la película sobre Alan Turing, esto no termina siendo del todo malo. Acá tampoco estamos ante una película que pretenda venderse como algo más de lo que es. Se celebra la vida de Hawking y se destaca su lucha por sobrevivir tantos años con su pesada enfermedad y todos los problemas que conllevó, y que aun así haya logrado convertirse en el científico más reconocido mundialmente de los últimos años.

La película es correcta, y destacan notablemente las actuaciones (y tremenda caracterización), en especial la de su protagonista, Eddie Redmayne, cuya actuación, según se dice en los medios, hizo llorar al propio Hawking. Muy correcta es también la interpretación de Felicity Jones, quien contribuye aún más a que el foco de atención se centre en Jane.

Hacer una película biográfica no es fácil. Con mayor razón acerca de alguien tan famoso y reconocido como Stephen Hawking. Hay que jugársela para raspar la superficie conocida por todos y encontrar una profundidad memorable –si es que existe- en el retratado. La Teoría del Todo logra un recuento interesante de la vida del físico, y su mayor mérito es lograr transmitir el positivismo con el que Hawking enfrentó y continúa enfrentando su vida. Y resulta siendo positivo también que se reconozca que, en esa lucha, jugó un papel muy importante la mujer, la compañera, la madre de sus hijos, algo que no se ve así nomás.

 

WHIPLASH


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Andrew (Miles Teller) es un joven músico, obsesionado con convertirse en el mejor baterista de jazz. Para conseguirlo,  ingresa al mejor conservatorio del país, con la intención de integrar la banda de Fletcher (J. K. Simmons), el profesor más prestigioso y exigente del lugar. Esa es la premisa con la que arranca esta cinta. Pero, si estaban buscando una película sobre Jazz, o una cinta inspiradora de profesor y alumno, pues se equivocaron de película.

La mejor forma de entender la grandeza de Whiplash es que se trata de una película de lucha. Es una batalla entre dos rivales irreconciliables pero también es una lucha de cada uno consigo mismo, una guerra constante e interminable guiada por una búsqueda frenética de perfección. Ambos personajes comparten la misma obsesión, y por eso chocan desde el primer momento. Fletcher es capaz de reconocer en Andrew un talento interesante, pero desde su filosofía, la única forma de que alguien alcance su verdadero potencial, es presionándolo al máximo, sin darle un minuto de respiro, ni lugar a dudas ni relajamientos. O, al menos, así es como justifica su comportamiento.

Andrew, en cambio, solo tiene en mente convertirse en el mejor. No le importa lo que tenga que sacrificar para conseguirlo: su familia, su vida social, su relación amorosa, su propio cuerpo que empieza a sufrir los daños de su arduo trabajo. El encuentro de dos personalidades tan obstinadas, con una obsesión tan grande, solo pueden terminar colisionando en un clímax explosivo.

Pero, antes de llegar a eso, la película nos va preparando en un crescendo constante. No es precisamente una cinta de música, pero sí tiene un rol protagónico la batería. Los golpes de tambor, ese martilleo constante, cada vez más fuerte e intenso, que hace saltar el corazón y hiere las manos del percusionista hasta hacerlas sangrar, son la metáfora perfecta a lo que está aconteciendo en la película y en el interior de los personajes. Su relación es una lucha constante, un martilleo interminable de dar y recibir golpes. Y a medida que el ritmo va creciendo, que los golpes se van haciendo más intensos y los ensayos más duros, así también va en aumento el ritmo de la película, los golpes que se dan mutuamente Fletcher y Andrew, y lo duro que resulta para cada personaje alcanzar su ansiada perfección.

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Porque lo más irónico de esta batalla, es que ambos personajes se necesitan. Sin la constante presión de Fletcher, sin las humillaciones recibidas por parte de su profesor, Andrew ya se hubiera rendido hace mucho. Es esa necesidad de demostrarle que se equivoca, de callarle la boca, de gritarle en la cara que él es lo suficientemente bueno para ser el titular de la banda lo que lo mantiene centrado en su meta. Y Fletcher necesita que Andrew y cada músico que integra su banda sean los mejores para alcanzar él también la perfección absoluta. Por eso se desespera cuando ninguno de sus bateristas puede seguir su tempo y los obliga a permanecer por horas en un enfrentamiento que parece no tener fin y que promete terminar en desgracia.

Entonces aparece la sospecha de que toda la filosofía de Fletcher es mentira, solo una excusa para justificar sus métodos y forma de ser que rondan con la psicopatía. Y que todo el esfuerzo de Andrew ha sido innecesario, no porque no tenga talento, sino porque no lo llevó a nada bueno, y más bien lo dejó solo, dañado y frustrado.

Por eso, esa secuencia final es extraordinaria, porque, al igual que las grandes películas de luchas y rivalidades, llega la hora del enfrentamiento final, el momento épico, donde nacen y mueren las leyendas. Y se da de una manera estupenda, con ataques y contraataques, con golpes directos que parecen mortales y resurgimientos heroicos, y finalmente, una sonrisa de complicidad. Por un instante, los protagonistas dejan de lado su enfrentamiento (ambos han sido ya sobrepasados por él) y dejan que la música sea la que hable por ellos, y que fluya, y que por una única vez (en pantalla, al menos), alcance la tan ansiada perfección. Y entonces sí se convierte en una película de música, de lucha, de amor, de superación, de humanidad.

Esta es, junto con Birdman, mi favorita para ganar al Oscar. Estamos ante un gran guión (mi favorito también) y una estupenda dirección, pero sobre todo ante dos actuaciones extraordinarias. Tanto Teller como J. K. Simmons llevan a la perfección el ritmo que la película impone y hacen que el contrapunto entre los dos personajes sea casi perfecto. Estamos, probablemente, ante las mejores actuaciones de su carrera, y eso, en el caso de Simmons sobre todo, dice bastante.

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