#NiUnaMenos: Ya es hora, compañeros

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Ha pasado ya un mes desde la marcha #NiUNaMenos, y poco más de dos meses desde la aparición del grupo de Facebook que rápidamente se convirtió en un espacio seguro para que muchas mujeres se animen a compartir sus testimonios de violencia.

Varias cosas han cambiado desde entonces. El tema está ahora en boca de todos, incluso de aquellas personas que insisten en restarle importancia al asunto. Ahora vemos casi a diario en las noticias algún nuevo hecho vinculado con violencia de género, tan frecuentemente que algunos avispados periodistas llegaron a preguntarse para qué había servido la marcha. Pero no nos engañemos, la cantidad de hechos de violencia ha sido siempre así de alta y frecuente, lo que ha cambiado es que ahora nos preocupamos por, al menos, darle la cobertura que el problema merece. Es un cambio sustancial aunque suene a poco. Y más significativo es el hecho de que cada vez más mujeres se sienten con la fortaleza necesaria para hacer la denuncia desde que inició el movimiento.

Ha cambiado también la forma en que muchos nos enfrentamos y reaccionamos al problema. Hay cada vez más muestras de solidaridad, más acciones concretas y más muestras de voluntad de políticos y ciudadanía de cambiar esta situación que no puede mantenerse por más tiempo. Pero no es suficiente

Porque justamente algo que no ha cambiado, aunque suene contradictorio, es la manera de pensar de una gran parte de la sociedad –posiblemente, mayoritaria– que todavía se resiste a aceptar la magnitud del problema. Y la mayoría de esas personas son, como era de esperarse, hombres.

Seamos sinceros, compañeros congéneres. Desde el inicio del movimiento #NiUnaMenos nuestro género ha dado unas muestras enormes de indiferencia y una falta tremenda de solidaridad, sensibilidad y empatía. Basta con leer los comentarios que aparecieron a raíz de la marcha, o los que siguen apareciendo ante cada nuevo caso y cada nuevo cuestionamiento.

A mí, honestamente, ya no solo me causa indignación, me asusta. Me da miedo pensar cómo hemos podido llegar a crear una sociedad con tan poca capacidad para conmoverse y solidarizarse con el dolor ajeno. Y me asusta también que no parezca que tengamos la intención de hacer algo para revertir esa situación. Me causa pavor cada vez que veo un nuevo caso, que leo un nuevo testimonio, pensando que la siguiente podría ser alguien que conozco, alguien que quiero. Que si en una reunión familiar hay diez mujeres, es muy probable que siete de ellas hayan sufrido algún tipo de agresión. Pero me da miedo también pensar que, más bien, la persona que conozco y quiero pudiera ser no la víctima, sino el próximo agresor.

Me aterra la facilidad con la que desestimamos testimonios y denuncias, aun cuando las pruebas parecen contundentes, con mayor razón si el acusado es alguien cercano. Y es peor cuando, no contentos con eso, optamos por culpar a la víctima.  Me horroriza pensar que ya hemos tocado fondo, que si nuestros jueces no son capaces de proteger a una menor de quince años que ha sido explotada sexualmente, y que pueden fácilmente dejar en libertad al agresor de una mujer que ha quedado al borde de la muerte, es porque nos encontramos en un hoyo profundo del que tal vez no se pueda salir. Y esa es una conclusión de terror.

Pero una de las cosas que más me asustan, amigo hombre, es que tú y yo somos productos de esa misma sociedad y que llevamos dentro esa carga machista con la que se ha formado, y que en cualquier momento puede explotar, si es que no lo ha hecho ya. Que el próximo agresor, el próximo acosador, no sea alguien que conocemos, sino que seamos nosotros mismos. Y me da más miedo no solo pensar que eso pueda pasar, sino pensar que podría haber pasado ya sin que me haya dado cuenta (y no sé si me da más miedo que haya pasado o que no me haya dado cuenta).

Leo por ejemplo, el último caso de acoso que ha explotado en redes, ya sabes, el de ese escritor que por ser antifujimorista y pensar como nosotros, nos cuesta señalar con el dedo. Pero Gustavo Faverón es un acosador, las pruebas así lo demuestran, y no hay nada que podamos ni debamos decir para defenderlo. Pero más allá del hecho en sí, lo que no he dejado de pensar desde el día en que todo el asunto salió a la luz es en cuántas veces hemos podido estar en una situación similar sin saberlo, en que la diferencia entre la persistencia y el acoso es una línea muy delgada, cuyo límite depende más de cómo se sienta la otra persona que de nuestras intenciones.

Y ese fue el punto de partida para esta reflexión. Es hora de ponernos la mano en el pecho, compañeros congéneres, y reconocer que de una u otra forma muy probablemente todos la hayamos cagado. Digámoslo así, con todas sus letras. Tal vez no todos hayamos acosado o agredido a alguien, pero basta con que hayamos callado cuando otra persona lo hizo para que carguemos con la culpa. Todos de alguna forma hemos contribuido con la situación actual, y seguimos contribuyendo con nuestra indiferencia, con nuestra complicidad, nuestro estúpido “código de hombres/amigos”, nuestro silencio. Si empezamos por cuestionarnos lo que hemos hecho, habremos dado un gran paso para salir del hoyo.

Así que estos párrafos que siguen son para ti que eres mi amiga, para ti que eres mi ex, para ti que eres mi ex amiga. Perdóname si alguna vez alguien te agredió y yo no estaba prestando la suficiente atención para escuchar o darme cuenta de lo que estaba pasando. Perdóname por las veces que alguien te faltó el respeto y no te defendí. Pero, sobre todo, lamento mucho si ese que te faltó el respeto fui yo.

En serio siento mucho si alguna vez no te creí cuando comentaste que alguien te había faltado el respeto, acosado o agredido. Disculpa si defendí al agresor o si le creí más a él que a ti. Y especialmente, lamentaría mucho haberte hecho sentir que la equivocada eras tú, que no debiste quejarte o que lo que te estaba molestando no era tan importante. Quiero que sepas que no es así, tienes todo el derecho de decir en voz alta si una situación te incomoda o molesta, y prometo que la próxima vez estaré ahí para escucharte, creerte y apoyarte.

Discúlpame por todas la veces que menosprecié o ignoré tu opinión, por todas la veces que te interrumpí para decir lo mismo que tú estabas diciendo, por todas las veces que asumí que me tocaba a mí tomar la iniciativa y las decisiones, y por todas las veces que me sentí con más derecho sobre algo por el simple hecho de ser hombre. Perdóname por todas las veces que te hice sentir inferior o pasé por encima de ti como si no estuvieras ahí. Discúlpame por las veces que hablé mal de ti o no intervine cuando alguien lo hizo a tus espaldas.

Lo siento mucho si algo de lo que hice por llamar tu atención cuando me di cuenta lo mucho que me gustabas hizo que te sintieras presionada, agobiada o incómoda, si insistí más de la cuenta porque no entendí que me estabas diciendo que no. Lamento si luego del rechazo te hice sentir mal, te ofendí o te hice daño. Y especialmente, lamento mucho si alguna vez te agredí, te humillé o te causé algún tipo de daño emocional.

Y discúlpame Ceci por todas las veces que aproveché o saqué ventaja de mi condición de hombre para tener privilegios sobre ti, pese a que eres la hermana mayor y mucho mejor que yo en muchos aspectos, y perdón por no reclamar contigo por esas injusticias. Y perdóname si te lastime alguna vez así haya sido durante algún juego tonto y brusco de niños.

También perdóname Zory por todas las veces que te falté el respeto o te hice sentir mal, y por todas las veces que me sentí con el derecho de reclamarte o exigirte cosas por el simple hecho de ser tu hijo. Y todo eso pese a que siempre has sido un gran ejemplo y la primera influencia que recibí del feminismo.

Y también me disculpo contigo Ernesto, mi hermano menor, si con mi ejemplo contribuí a que dentro de ti también se formaran rasgos machistas, pero sé que compartes conmigo el interés por lograr un mundo mejor para nuestras hermanas mujeres.

Y a los demás hombres, no les pido que salgan a decir públicamente todo lo que hicieron mal. Simplemente que nos tomemos un momento para reflexionar sobre ello, y que nos comprometamos a no repetir errores del pasado.

Es hora de cambiar y revertir la situación, compañeros. Si no lo hacemos por ellas –que debería ser razón suficiente-, hagámoslo por nosotros, aunque sea. Yo no quiero ser el próximo agresor ni el próximo acosador. Y no quiero que sea mi hermano menor, ni mis hijos ni sus hijos. Dejemos de cargarles todo el peso a ellas, diciéndoles cómo vestirse, como comportarse, cómo protegerse y cómo decir que no. Es hora de asumir nuestra culpa, pedir disculpas y empezar a reivindicarnos. Es hora de que ellas puedan vestirse y comportarse como quieran y que no tengan la necesidad de tomar medidas especiales para cuidarse de nosotros. Porque ya es hora, compañeros, de que nosotros dejemos de representar un peligro para ellas. Es hora de tomar conciencia, cuestionarnos y cambiar. Ya es hora. Más vale tarde que nunca.

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